Su máxima actividad se centra en la fase aguda del trasplante. Su conocimiento varía la terapia y el seguimiento del enfermo.

La presencia de unas proteínas, denominadas anticuerpos anti-MICA, se considera como un marcador de mal pronóstico en trasplante renal, ya que están asociadas a un incremento del riesgo de rechazo agudo del injerto (en los tres primeros meses), según los datos que ha obtenido el Grupo de Investigación en Inmunodeficiencias e Inmunología del Trasplante del Instituto de Investigación, en colaboración con miembros de los servicios de Nefrología y Epidemiología, todos del Hospital 12 de Octubre, de Madrid, y que se han publicado en el último número de Transplantation.

Seguimiento reforzado 
La demostración de este hecho tiene una clara aplicación clínica, según Estela Paz Artal, jefe del Servicio de Inmunología del citado centro: los anticuerpos anti-MICA incrementan el riesgo de rechazo de los injertos renales en la primera fase postrasplante, “lo que refuerza la necesidad de determinar estos anticuerpos antes de realizar el trasplante. Son biomarcadores predictivos útiles para establecer el riesgo de rechazo”.

Además, “este conocimiento conduce a que la vigilancia del trasplantado sea más intensa, si cabe, con un mejor seguimiento durante el primer año de la intervención. Clínicamente es relevante porque el abordaje de inicio y el seguimiento serían distintos en estos enfermos”, considera José María Morales, experto en trasplante renal del Servicio de Nefrología.

Los anticuerpos anti-MICA están muy relacionados con el complejo HLA clase 1, con un papel relevante en rechazo, y se expresan en otros tejidos del organismo. En el trabajo llevado a cabo en el 12 de Octubre se analizaron muestras de 727 pacientes pretrasplante, distribuidos en cuatro categorías en función de si presentaban HLA con la existencia o no de anti-MICA, que fueron atendidos entre los años 2005 y 2011.

En su serie, el 7,15 por ciento de las muestras (en otras series internacionales se ha observado hasta un 20 por ciento) presentaban anti-MICA, lo que se traduce en que 52 pacientes en espera de ser trasplantados tenían más posibilidades de rechazar el órgano en la primera fase del trasplante. También se ha observado que en los pacientes con anticuerpos anti-HLA y anticuerpos anti-MICA el riesgo de rechazo y de pérdida del injerto es mucho más elevado en los tres primeros meses, lo que supone que la presencia de anti-MICA “potencia el riesgo de los anti-HLA”, señala Paz.

Inmunosupresión 
Una vez demostrada la presencia de anticuerpos anti-MICA, la estrategia clínica que se sigue se centra, básicamente, en la administración de cuádruple terapia muy potente con timoglobulina, tacrolimus, micofenolato y esteroides, así como un seguimiento muy estrecho y una adecuación de la inmunosupresión. “Normalmente, los enfermos hiperinmunizados deben permanecer con triple terapia inmunosupresora de por vida. La retirada de esteroides puede ser además nociva para la supervivencia del injerto en estos casos”, según Morales. La información de estas determinaciones es clínicamente decisiva para el trasplante porque, además de un diagnóstico preciso, introduce medidas anticipativas y preventivas del rechazo.

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