La efectividad oncológica a cinco años es la misma que la que ofrecen las intervenciones quirúrgicas. En caso de recidiva, la terapia focal puede repetirse o recurrir a otras metodologías.

La destrucción de tejidos mediante congelación, o crioterapia, se ha convertido en una firme alternativa, en casos indicados y seleccionados, a la cirugía abierta para el abordaje de los cánceres de próstata y de riñón. La filosofía de este tratamiento es destruir el tumor, consiguiendo la máxima eficacia oncológica, con la mínima lesión en tejidos adyacentes, ha indicado a DM Carlos Hernández, jefe del Servicio de Urología del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, que además ha sido el coordinador del Congreso Mundial de Criocirugía, cita bianual, que se ha celebrado en Madrid, y donde se han repasado sus indicaciones más asentadas en urología -cánceres de próstata y de riñón-, aunque la técnica se emplea en distintas especialidades.

El efecto de congelación y descongelación, que se realiza en dos tiempos, pero en el mismo acto quirúrgico, produce alteraciones bioquímicas intracelulares que conducen a que esas células no sean viables.

La técnica apoya la realidad palpable de que el tratamiento del cáncer ha evolucionado notablemente: se ha pasado del concepto de realización de grandes cirugías a intervenciones mínimamente invasivas que pueden llevarse a cabo gracias a diagnósticos más precoces y, por tanto, a tratamientos más específicos de destrucción de la zona tumoral, pues en el caso del cáncer renal no se extirpa el riñón sino su zona afectada.

La seguridad oncológica, según Hernández, de la total destrucción tumoral se consigue porque “se elige de forma muy selectiva el tipo de tumor que se va a tratar y que generalmente se encuentra en estadios precoces”. Así, en el caso concreto del cáncer de riñón, las indicaciones apuntan a tumores pequeños, habitualmente menores de 4 centímetros, conocidos como exocíticos, ya que crecen hacía afuera. “Se identifican muy bien, por escáner, por RM o, a veces, apoyándonos en cirugía laparoscópica, se pueden disecar e identificar. El siguiente paso es tomar una muestra para su estudio histológico y posteriormente introducir las agujas de congelación para destruir el riñón”. El control tumoral, como en cualquier otro proceso, se lleva a cabo entre los 2-3 primeros meses y después, una vez al año durante no menos de cinco años. Esta metodología, según el urólogo, se va consolidando más porque cada vez “existen más casos con mayor evolución, que confirman el buen control oncológico”, que en el caso de la experiencia del Gregorio Marañón es “prácticamente igual al de la cirugía a cinco años”.

Evitar efectos adversos 
En próstata el proceso es igual, aunque, según Hernández, el problema en esta glándula es que en muchos casos el tumor es multicéntrico; existe más de un foco, por lo que, en ocasiones, es difícil identificar todos los focos. “Así, en próstata se ha sido bastante cauto en lo referente a tratamientos focales que, sin embargo y actualmente, pueden realizarse con crioterapia”. Durante años, explica el profesional, se ha sido más agresivo y radical. Pero, poco a poco, se van imponiendo diagnósticos tumorales más favorables, más localizados, con mejor pronóstico, por lo que a este tipo de pacientes también se les pueden ofertar tratamientos focales. “Ayudan mucho técnicas de imagen, como la resonancia magnética multiparamétrica, que define si existen zonas tumorales más activas para tratar más específicamente y evitar los efectos secundarios de las terapias radicales como el riesgo de disfunción eréctil o incontinencia”. Además, otro beneficio importante de este tipo de terapias focales es que pueden repetirse u optar por otro procedimiento en caso de recidiva a más largo plazo.

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