La sociedad, en general, miraba de reojo la existencia de miles y miles de niños y niñas con necesidades especiales –los adultos estaban prácticamente invisibilizados y recluidos en los hogares e instituciones– y muchos miraban para otro lado, porque simplemente consideraban que no iban a saber “cómo tratarlos”, ignorando todo tipo de reconocimiento del otro como persona.
Hoy, en el mundo entero, se conmemora el Día Internacional de la Discapacidad, con la intención de llamar la atención sobre la necesidad de la inclusión social y la atención adecuada de las personas con cualquier tipo de necesidades especiales. Sabemos que en nuestro país se ha avanzado mucho en la visibilidad de una realidad que hasta hace poco más de una década, solo percibían las familias dentro de las cuales existía alguna persona afectada con una discapacidad física o mental.La sociedad, en general, miraba de reojo la existencia de miles y miles de niños y niñas con necesidades especiales –los adultos estaban prácticamente invisibilizados y recluidos en los hogares e instituciones– y muchos miraban para otro lado, porque simplemente consideraban que no iban a saber “cómo tratarlos”, ignorando todo tipo de reconocimiento del otro como persona.

El Estado, prácticamente se negaba a reconocer “oficialmente” la existencia de nada menos que poco más del diez por ciento de la totalidad de la población, ignorándolos a la hora de formular políticas públicas y dejando sus problemas y necesidades en manos de las familias y, en su defecto, de algunas personas de buena voluntad que implementaban algunos emprendimientos educativos o de rehabilitación, movidos por el interés de ayudar y dando todo de sí, con el apoyo de la generosidad de quienes apadrinaban económicamente las tareas.

Gente de todas las condiciones sociales, personas generosas, se fueron uniendo para lograr revertir esa mirada injusta y alejada de la realidad y así, lucha tras lucha, lograron cambiar las cosas.

Hoy por hoy, en el Paraguay, el tema ha dejado de ser tabú y ya se habla de discapacidad en voz alta. En esa visibilización, tuvieron y tienen mucho que ver los esfuerzos de personas que, a fuerza de insistir y trabajar incansablemente para que la realidad cambiara, lograron sensibilizar a una sociedad que comprendió –o está en proceso de comprender– la importancia de vivir en una sociedad que no discrimine sino que integre a todos sus miembros.

Se hizo mucho desde el esfuerzo y, seguramente, podemos decir hoy que al mirar atrás, podemos sentir que la sociedad paraguaya es hoy más sensible y consciente ante la discapacidad. Que se han logrado y se logran a diario, avances positivos, como la atención adecuada a la niñez y ahora se avanza firmemente en el tema de la inclusión en el mundo laboral de las personas con todo tipo de necesidades especiales.

Sin embargo, en el camino a la inclusión, no todas las miradas están abarcando ampliamente la problemática en toda su magnitud. Según informaron ayer desde algunas ONGs, las mujeres con discapacidad sufren la discriminación en forma más aguda que los varones, impidiéndoseles en muchos casos, la posibilidad de ejercer, por ejemplo, la maternidad porque se considera que no están “preparadas” para cumplir con ese rol; también las mujeres suelen recibir menos apoyo que los hombres para desarrollar una tarea laboral o acceder a estudios superiores.

La misma mirada deformada por la cultura paternalista y con fuerte acento machista, que considera a las mujeres y niñas como menos “aptas” para los estudios de alto nivel o las tareas consideradas como típicamente masculinas, se dirige, con acentuado aumento, hacia las mujeres con discapacidades físicas o de cualquier tipo.

Y así, tenemos como resultado la existencia de una doble discriminación: por ser mujeres y por ser discapacitadas. La cruel experiencia que atraviesan muchas niñas y mujeres con necesidades especiales, quienes hasta son frecuentemente víctimas de abusos sexuales y maltratos, nos debe llamar la atención sobre la necesidad de una protección integral de parte del Estado y de la Sociedad, a las personas con discapacidad de todas las edades, especialmente cuando éstas son mujeres.

La inclusión no solo se puede medir con la asistencia a clases especiales o el acceso a la atención de la salud y rehabilitación física. Debe medirse también, como ocurre con todas las personas, por su acceso a las herramientas que les sirvan para ser mejores y más felices. Por su accesibilidad a lo que la actualidad ofrece a todas las personas, tengan o no, una necesidad especial.