Los jóvenes han sido uno de los sectores de la población más afectados por la crisis económica, viendo incrementarse su desempleo hasta cotas desconocidas: el año pasado la tasa de paro juvenil alcanzó el 52% aunque, con todo, se produjo el primer descenso en los últimos 7 años, de 3 puntos porcentuales.

La Fundación Adecco y JYSK han elaborado un informe para analizar la situación laboral de los desempleados que, además de ser jóvenes, tienen un certificado de discapacidad, un segmento de la población cuya situación puede verse agravada debido a prejuicios y estereotipos aún asentados en nuestra sociedad.

Según Olafgilbert Zoder,  Responsable de Administración y Personal de JYSK España: “a través de este trabajo hemos querido dar voz a jóvenes que pueden estar atravesando una situación especialmente complicada, como pueden ser los que tienen una discapacidad. Creemos que el primer paso para alcanzar su plena integración es sensibilizar a la sociedad y hacer eco de sus necesidades y demandas laborales, que hemos tratado de recoger en este análisis”.

El informe basa sus conclusiones en una encuesta a 300 jóvenes con discapacidad menores de 30 años. A continuación exponemos las principales conclusiones de este trabajo. 

Menor formación, más desempleo

El desempleo no afecta de forma homogénea a todas las personas, sino que se manifiesta en mayor o menor escala en función de diferentes elementos. Uno de los más importantes es el nivel formativo.

Los datos del presente informe arrojan que la formación de los jóvenes desempleados con discapacidad se sitúa por detrás de la del resto de sus coetáneos: un 13% tiene estudios universitarios o está cursándolos, frente a un 23% de los menores de 30 años de su generación.

Según Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco: “Actualmente seguimos encontrándonos con jóvenes con discapacidad que tienen competencias para estudiar pero deciden no hacerlo, debido a diferentes factores como la falta de confianza o la sobreprotección familiar. De hecho, las personas con discapacidad continúan infrarrepresentadas en la Universidad, ya que sólo suponen el 1,3% del total de estudiantes. Ello merma sus oportunidades laborales y, en ocasiones, puede llegar a reforzar el estereotipo que asocia a la persona con discapacidad con puestos de escasa cualificación y responsabilidad”.

En efecto, la tasa de paro juvenil se manifiesta con mayor crudeza entre los jóvenes con discapacidad, alcanzando el 62%, una cifra que se mantiene invariable al compararla con el informe del año pasado. Por el contrario, el desempleo entre el resto de los jóvenes se sitúa 10 puntos porcentuales por debajo, en un 52%, teniendo en cuenta además que este año se ha producido el primer descenso, de 3 puntos porcentuales, desde que comenzó la crisis.  

Joven con discapacidad, ¿doble discriminación?

El acceso a un primer empleo se ha convertido en todo un reto para los jóvenes, que luchan por encontrar una primera oportunidad laboral en un mercado laboral cada vez más competitivo, y en el que se exige experiencia contrastada.

El hecho de tener una discapacidad no tendría por qué suponer un agravante para encontrar esta primera experiencia, pero desafortunadamente aún queda un importante camino por recorrer. Como destaca Francisco Mesonero: “las empresas deben apostar por procesos de selección por competencias en los que no haya lugar a la discriminación por factores externos como puede ser el hecho de tener una discapacidad. Sin embargo, en algunas organizaciones siguen permaneciendo argumentos que defienden la no contratación de personas con discapacidad. En la mayor parte de los casos son fruto de desconocimiento o temor por falta de experiencias previas”.

Los encuestados materializan esta reflexión en cifras: un 65% opina que tener un certificado de discapacidad es un obstáculo para encontrar empleo. De hecho, un 74% no indica en su currículum esta circunstancia y lo omite en las entrevistas, cuando la discapacidad no es visible.

Por otra parte, un 23% opina que la difícil situación económica afecta a todos por igual, mientras que un 12% es de la opinión contraria, defendiendo que la discapacidad beneficia en los procesos de selección.  

Sensibilizar: la receta de oro

Los resultados del epígrafe anterior ponen de relieve que los jóvenes con discapacidad se sienten en desigualdad a la hora de acceder al mercado laboral. Ante tal circunstancia, tienen claro cuáles son los mecanismos para enderezar la situación: 6 de cada 10 opina que sensibilizar a las empresas es la mejor medida para incentivar la contratación de las personas con discapacidad.  Por detrás, un 20% cree que es necesario dotar a las personas con discapacidad de una orientación laboral individualizada, ya que a menudo echan en falta recursos para desenvolverse con autonomía en la búsqueda de empleo. Por su parte, un 11% opina que la mejor solución pasa por promover campañas de sensibilización entre la ciudadanía, en medios públicos y de comunicación, con casos reales de personas con discapacidad trabajando que derriben estereotipos y barreras. Por último, un 8% apuesta por la inclusión de la discapacidad en la Educación, a través de una materia en la enseñanza obligatoria que eduque desde edades tempranas en la diversidad y en la igualdad.  

Un futuro autónomo en la empresa ordinaria

A la hora de abordar la integración de las personas con discapacidad, el mercado laboral ofrece diferentes alternativas:

–       Los Centros ocupacionales constituyen un servicio social para el desarrollo personal de las personas con discapacidad  para que puedan superar obstáculos y adquirir la mayor autonomía. Se trata de una opción positiva cuando la persona con discapacidad, por el elevado grado de la misma, no puede integrarse en empresa ordinaria.

–       El siguiente paso son los Centros Especiales de Empleo, cuya finalidad es la de realizar un trabajo protegido, participativo y remunerado, siendo un puente o trampolín hacia el empleo normalizado en la empresa ordinaria.

–       Empresa convencional. Se trata del entorno habitual de trabajo, donde el trabajador con discapacidad desempeña las mismas funciones que cualquier otro empleado. Se da el salto de trabajo protegido al empleo con autonomía, aunque en ciertos casos será necesario ajustar ciertas tareas a las necesidades del trabajador.

Al preguntar a los jóvenes con discapacidad cómo quieren verse en el futuro, la respuesta es contundente: un 80% aspira a trabajar en la empresa ordinaria, es decir, en un entorno normalizado –y no protegido- que le permita desempeñar sus habilidades y competencias como cualquier otro trabajador. Sin embargo, un 15% se decanta por la modalidad de empleo con apoyo en Centro Especial de Empleo, seguido de un 5% que prefiere desarrollarse profesionalmente en un Centro Ocupacional (empleo asistencial y protegido).

A pesar de que la empresa ordinaria es la opción preferida por todos, los porcentajes varían en función del tipo de discapacidad. Así, cuando ésta es de tipo intelectual, es mayor la predisposición a las alternativas ajenas a la empresa ordinaria (30% CEE y 23% Centro Ocupacional), mientras que las personas con discapacidad física son las que registran una menor preferencia por estas opciones (sólo un 15% así se posiciona).

Según Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco: “los Centros ocupacionales y Centros Especiales de Empleo cumplen una importante misión social, siendo  el objetivo final –excluyendo los casos en los que por diferentes razones no sea posible-que se constituyan como trampolín hacia el empleo de la empresa ordinaria, el entorno donde se produce la plena integración de forma normalizada. Desde la Fundación, trabajamos con nuestros candidatos en la adquisición de autonomías y competencias clave para que puedan desempeñar un puesto de trabajo como cualquier otra persona”.

Independencia más tardía

Según el informe “Jóvenes y emancipación en España”, elaborado por la FAD, sólo el 47% de los jóvenes entre 25 y 35 años ha abandonado el hogar paternal. Si bien el presente informe excluye a las personas entre 30 y 35 años, los datos reflejan un porcentaje mucho más elevado para los encuestados con discapacidad entre 25 y 30 años. En concreto, un 71% sigue viviendo con sus padres. A pesar de que el 70% alega motivos económicos, un destacable 17% manifiesta necesitar ayuda en sus tareas cotidianas, de forma que le resulta más cómodo y operativo permanecer en el hogar paternal y que sea su familia quien le apoye en este sentido. 

 La Universidad: el gran reto

La plena integración de las personas con discapacidad sólo puede alcanzarse si ésta se extiende a todos los ámbitos y esferas de la vida social, económica y cultural. Uno de los más importantes es, sin duda, el entorno educativo. Según Mesonero: “la Universidad representa la plenitud de la etapa formativa de cualquier persona y, por tanto, alcanzar la igualdad real pasa por normalizar la presencia de personas con discapacidad en este entorno”.

Sin embargo, a fecha de hoy, los universitarios con discapacidad representan tan sólo el 1,3%, una cifra que ha disminuido durante el último año, pues en el curso 2013-2014 alcanzaron el 1,4%. Así, durante el último año se ha producido el primer descenso de estudiantes con discapacidad matriculados en las Universidades en los últimos 8 años, según se desprende del último informe de la Fundación Universia. El descenso ha sido de 21.577 personas, con lo que la actualidad el número de universitarios con discapacidad cae hasta 1.539.546.

Entre los muchos factores que pueden influir en este descenso –entre ellos, por qué no, el azar-, resulta no obstante oportuno señalar que hay que seguir trabajando por promover el acceso de las personas con discapacidad a la Universidad, incrementando su confianza para que decidan acceder a estudios superiores.

Es significativo cómo un porcentaje muy destacado de los que deciden estudiar, se acoge a la modalidad a distancia (40%). Por su parte, un mayoritario 60% estudia de forma presencial, si bien el 35% de éstos declara haber encontrado barreras en su entorno formativo. La principal, según las respuestas: un equipo humano no sensibilizado o acostumbrado a tratar con personas con discapacidad (44%). También un 40,7% destaca la falta de adaptaciones en las aulas y un 11,1% las dificultades para acceder al centro debido a la insuficiente accesibilidad.

Los jóvenes han sido uno de los sectores de la población más afectados por la crisis económica, viendo incrementarse su desempleo hasta cotas desconocidas: el año pasado la tasa de paro juvenil alcanzó el 52% aunque, con todo, se produjo el primer descenso en los últimos 7 años, de 3 puntos porcentuales.

La Fundación Adecco y JYSK han elaborado un informe para analizar la situación laboral de los desempleados que, además de ser jóvenes, tienen un certificado de discapacidad, un segmento de la población cuya situación puede verse agravada debido a prejuicios y estereotipos aún asentados en nuestra sociedad.

Según Olafgilbert Zoder,  Responsable de Administración y Personal de JYSK España: “a través de este trabajo hemos querido dar voz a jóvenes que pueden estar atravesando una situación especialmente complicada, como pueden ser los que tienen una discapacidad. Creemos que el primer paso para alcanzar su plena integración es sensibilizar a la sociedad y hacer eco de sus necesidades y demandas laborales, que hemos tratado de recoger en este análisis”.

El informe basa sus conclusiones en una encuesta a 300 jóvenes con discapacidad menores de 30 años. A continuación exponemos las principales conclusiones de este trabajo. 

Menor formación, más desempleo

El desempleo no afecta de forma homogénea a todas las personas, sino que se manifiesta en mayor o menor escala en función de diferentes elementos. Uno de los más importantes es el nivel formativo.

Los datos del presente informe arrojan que la formación de los jóvenes desempleados con discapacidad se sitúa por detrás de la del resto de sus coetáneos: un 13% tiene estudios universitarios o está cursándolos, frente a un 23% de los menores de 30 años de su generación.

Según Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco: “Actualmente seguimos encontrándonos con jóvenes con discapacidad que tienen competencias para estudiar pero deciden no hacerlo, debido a diferentes factores como la falta de confianza o la sobreprotección familiar. De hecho, las personas con discapacidad continúan infrarrepresentadas en la Universidad, ya que sólo suponen el 1,3% del total de estudiantes. Ello merma sus oportunidades laborales y, en ocasiones, puede llegar a reforzar el estereotipo que asocia a la persona con discapacidad con puestos de escasa cualificación y responsabilidad”.

En efecto, la tasa de paro juvenil se manifiesta con mayor crudeza entre los jóvenes con discapacidad, alcanzando el 62%, una cifra que se mantiene invariable al compararla con el informe del año pasado. Por el contrario, el desempleo entre el resto de los jóvenes se sitúa 10 puntos porcentuales por debajo, en un 52%, teniendo en cuenta además que este año se ha producido el primer descenso, de 3 puntos porcentuales, desde que comenzó la crisis.  

Joven con discapacidad, ¿doble discriminación?

El acceso a un primer empleo se ha convertido en todo un reto para los jóvenes, que luchan por encontrar una primera oportunidad laboral en un mercado laboral cada vez más competitivo, y en el que se exige experiencia contrastada.

El hecho de tener una discapacidad no tendría por qué suponer un agravante para encontrar esta primera experiencia, pero desafortunadamente aún queda un importante camino por recorrer. Como destaca Francisco Mesonero: “las empresas deben apostar por procesos de selección por competencias en los que no haya lugar a la discriminación por factores externos como puede ser el hecho de tener una discapacidad. Sin embargo, en algunas organizaciones siguen permaneciendo argumentos que defienden la no contratación de personas con discapacidad. En la mayor parte de los casos son fruto de desconocimiento o temor por falta de experiencias previas”.

Los encuestados materializan esta reflexión en cifras: un 65% opina que tener un certificado de discapacidad es un obstáculo para encontrar empleo. De hecho, un 74% no indica en su currículum esta circunstancia y lo omite en las entrevistas, cuando la discapacidad no es visible.

Por otra parte, un 23% opina que la difícil situación económica afecta a todos por igual, mientras que un 12% es de la opinión contraria, defendiendo que la discapacidad beneficia en los procesos de selección.

Sensibilizar: la receta de oro

Los resultados del epígrafe anterior ponen de relieve que los jóvenes con discapacidad se sienten en desigualdad a la hora de acceder al mercado laboral. Ante tal circunstancia, tienen claro cuáles son los mecanismos para enderezar la situación: 6 de cada 10 opina que sensibilizar a las empresas es la mejor medida para incentivar la contratación de las personas con discapacidad.  Por detrás, un 20% cree que es necesario dotar a las personas con discapacidad de una orientación laboral individualizada, ya que a menudo echan en falta recursos para desenvolverse con autonomía en la búsqueda de empleo. Por su parte, un 11% opina que la mejor solución pasa por promover campañas de sensibilización entre la ciudadanía, en medios públicos y de comunicación, con casos reales de personas con discapacidad trabajando que derriben estereotipos y barreras. Por último, un 8% apuesta por la inclusión de la discapacidad en la Educación, a través de una materia en la enseñanza obligatoria que eduque desde edades tempranas en la diversidad y en la igualdad.  

Un futuro autónomo en la empresa ordinaria

A la hora de abordar la integración de las personas con discapacidad, el mercado laboral ofrece diferentes alternativas:

–       Los Centros ocupacionales constituyen un servicio social para el desarrollo personal de las personas con discapacidad  para que puedan superar obstáculos y adquirir la mayor autonomía. Se trata de una opción positiva cuando la persona con discapacidad, por el elevado grado de la misma, no puede integrarse en empresa ordinaria.

–       El siguiente paso son los Centros Especiales de Empleo, cuya finalidad es la de realizar un trabajo protegido, participativo y remunerado, siendo un puente o trampolín hacia el empleo normalizado en la empresa ordinaria.

–       Empresa convencional. Se trata del entorno habitual de trabajo, donde el trabajador con discapacidad desempeña las mismas funciones que cualquier otro empleado. Se da el salto de trabajo protegido al empleo con autonomía, aunque en ciertos casos será necesario ajustar ciertas tareas a las necesidades del trabajador.

Al preguntar a los jóvenes con discapacidad cómo quieren verse en el futuro, la respuesta es contundente: un 80% aspira a trabajar en la empresa ordinaria, es decir, en un entorno normalizado –y no protegido- que le permita desempeñar sus habilidades y competencias como cualquier otro trabajador. Sin embargo, un 15% se decanta por la modalidad de empleo con apoyo en Centro Especial de Empleo, seguido de un 5% que prefiere desarrollarse profesionalmente en un Centro Ocupacional (empleo asistencial y protegido).

A pesar de que la empresa ordinaria es la opción preferida por todos, los porcentajes varían en función del tipo de discapacidad. Así, cuando ésta es de tipo intelectual, es mayor la predisposición a las alternativas ajenas a la empresa ordinaria (30% CEE y 23% Centro Ocupacional), mientras que las personas con discapacidad física son las que registran una menor preferencia por estas opciones (sólo un 15% así se posiciona).

Según Francisco Mesonero, director general de la Fundación Adecco: “los Centros ocupacionales y Centros Especiales de Empleo cumplen una importante misión social, siendo  el objetivo final –excluyendo los casos en los que por diferentes razones no sea posible-que se constituyan como trampolín hacia el empleo de la empresa ordinaria, el entorno donde se produce la plena integración de forma normalizada. Desde la Fundación, trabajamos con nuestros candidatos en la adquisición de autonomías y competencias clave para que puedan desempeñar un puesto de trabajo como cualquier otra persona”.

Independencia más tardía

Según el informe “Jóvenes y emancipación en España”, elaborado por la FAD, sólo el 47% de los jóvenes entre 25 y 35 años ha abandonado el hogar paternal. Si bien el presente informe excluye a las personas entre 30 y 35 años, los datos reflejan un porcentaje mucho más elevado para los encuestados con discapacidad entre 25 y 30 años. En concreto, un 71% sigue viviendo con sus padres. A pesar de que el 70% alega motivos económicos, un destacable 17% manifiesta necesitar ayuda en sus tareas cotidianas, de forma que le resulta más cómodo y operativo permanecer en el hogar paternal y que sea su familia quien le apoye en este sentido. 

 La Universidad: el gran reto

La plena integración de las personas con discapacidad sólo puede alcanzarse si ésta se extiende a todos los ámbitos y esferas de la vida social, económica y cultural. Uno de los más importantes es, sin duda, el entorno educativo. Según Mesonero: “la Universidad representa la plenitud de la etapa formativa de cualquier persona y, por tanto, alcanzar la igualdad real pasa por normalizar la presencia de personas con discapacidad en este entorno”.

Sin embargo, a fecha de hoy, los universitarios con discapacidad representan tan sólo el 1,3%, una cifra que ha disminuido durante el último año, pues en el curso 2013-2014 alcanzaron el 1,4%. Así, durante el último año se ha producido el primer descenso de estudiantes con discapacidad matriculados en las Universidades en los últimos 8 años, según se desprende del último informe de la Fundación Universia. El descenso ha sido de 21.577 personas, con lo que la actualidad el número de universitarios con discapacidad cae hasta 1.539.546.

Entre los muchos factores que pueden influir en este descenso –entre ellos, por qué no, el azar-, resulta no obstante oportuno señalar que hay que seguir trabajando por promover el acceso de las personas con discapacidad a la Universidad, incrementando su confianza para que decidan acceder a estudios superiores.

Es significativo cómo un porcentaje muy destacado de los que deciden estudiar, se acoge a la modalidad a distancia (40%). Por su parte, un mayoritario 60% estudia de forma presencial, si bien el 35% de éstos declara haber encontrado barreras en su entorno formativo. La principal, según las respuestas: un equipo humano no sensibilizado o acostumbrado a tratar con personas con discapacidad (44%). También un 40,7% destaca la falta de adaptaciones en las aulas y un 11,1% las dificultades para acceder al centro debido a la insuficiente accesibilidad.