Si hay algo que me obsesiona desde hace algunos años es el poder del músculo como órgano desconocido del cuerpo. He dicho órgano, sin miedo a equivocarme, ya que sus complejas funciones son comparables a la del hígado, el corazón o el riñón. Tener un músculo sano tiene un poder antienvejecimiento que toda la población debería conocer para así instaurar su conservación como un objetivo prioritario. Sabemos que cuando una persona, por la razón que sea, pierde masa muscular ensombrece su pronóstico vital y ve recortada su esperanza de vida. Numerosas enfermedades impactan de manera directa en el músculo; entre ellas la enfermedad renal, la enfermedad hepática o el cáncer. En por ello que, si en población sana la conservación del músculo es importante, tener una enfermedad que asocia a su pérdida (sarcopenia es el término científico) hace que sea esencial aplicar medidas para mantenerlo o incluso regenerarlo. El problema radica en que la relación entre el músculo y el resto de los órganos es bilateral; del mismo modo que hay enfermedades que reducen su funcionalidad, la sarcopenia tiene efectos deletéreos directos en nuestro organismo.

Borja Quiroga
Nefrólogo del Hospital Universitario de la Princesa (Madrid)
Autor de “El reto es no envejecer” (Rocaeditorial, 2026)

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