La publicación del hasta ahora récord de supervivencia de un órgano porcino trasplantado pone sobre la mesa los problemas que plantean estas terapéuticas de los que depende su futuro inmediato

A principios de septiembre se publicaba en The Lancet el caso de Tim Andrews, un hombre con insuficiencia renal que en enero de 2025 recibió en el Boston General Hospital un trasplante de riñón procedente de un cerdo genéticamente modificado. El animal había sido criado por la empresa eGenesis, que le había inducido 69 modificaciones genéticas con el fin de humanizar sus órganos y evitar en lo posible el rechazo que inevitablemente se produce cuando se trasplanta un órgano de una especie a otra.

El paciente, que en el momento del xenotrasplante tenía 66 años y llevaba dos años en diálisis con patologías múltiples, había sido seleccionado, al parecer, por tener escasas posibilidades de recibir un riñón de donante fallecido según los estándares norteamericanos. Logró sobrevivir con el riñón porcino hasta nueve meses, cuando hubo que proceder a su extirpación al dejar de funcionar por trombosis. Hasta el momento, estos nueve meses representan la mayor supervivencia alcanzada en el mundo con estas terapias. Curiosamente, menos de tres meses después de extirparle el órgano trasplantado, el riñón de donante fallecido para el que tenía tan pocas posibilidades apareció, fue trasplantado de nuevo y, en el momento de publicación del artículo, vivía con el riñón humano funcionante tras siete meses de haberlo recibido, una situación también inédita hasta ahora.

El caso tiene mucho interés por diversos motivos, pero a la vez admite diversas lecturas. Siendo optimista, se puede invocar el récord de supervivencia con un órgano porcino y el hecho de que, tras haberlo quitado por trombosis y pérdida de función, haya sido posible un trasplante humano sin que se haya producido el rechazo inmunológico que podría temerse tras la sensibilización con el anterior injerto y que tan frecuentemente ocurre tras los trasplantes humanos.

En el lado no tan optimista está el hecho de que los nueve meses conseguidos hasta ahora con los xenotrasplantes quedan a distancia sideral de la supervivencia funcional media (que no máxima) de un trasplante renal de donante vivo, que está en 19,2 años, o de un donante fallecido en 11,7 años, sin contar que con diálisis es de 5-10 años, dependiendo del estado del enfermo. El dato es importante porque se está ofertando esta alternativa terapéutica a enfermos “con escasas posibilidades de recibir un trasplante convencional”, que luego resulta que no eran tan escasas como muestra el segundo trasplante de este caso.

Este es un concepto curioso que desde luego en España no sería aplicable, primero porque la actividad trasplantadora anual es muy similar al número de enfermos en la lista de espera a principios de año, algo más de 4.000, y salvo para los enfermos hiperinmunizados que tienen protocolos especiales y algunos pacientes con especiales dificultades quirúrgicas, a nadie por su estado clínico se le puede calificar como con escasas posibilidades de trasplante.

Un enfermo español puede perfectamente no ser trasplantable por su estado clínico y, de hecho, el número de pacientes en diálisis, un total de unos 29.000, es muy superior a los que acceden a la lista de espera una vez superados los estudios correspondientes, pero una vez en ella no hay nada que le pueda calificar como con escasas probabilidades de trasplante. La situación numérica en Estados Unidos es muy diferente porque, aunque la actividad ronda los 30.000 trasplantes anuales, la lista de espera supera los 140.000 con una incorporación de 50.000 nuevos enfermos cada año, muy superior a la actividad trasplantadora. Con estos datos, las “escasas probabilidades de trasplantarse” para un enfermo determinado son el resultado de la aplicación matemática de unos criterios de priorización que determinan una probabilidad estadística de trasplante que, como muestra este caso, ni mucho menos luego se cumple siempre.

Fuente: www.elconfidencial.com