La granadina Conchi Martín, de 35 años, celebra triunfal el Día Nacional del Donante de Órganos y Tejidos desde la catedral de Santiago, tras un largo proceso de lucha contra una enfermedad autoinmune que paralizó sus sueños a los 27

Conchi Martín (Granada, 1989) le cambió la vida en enero de 2018, cuando le detectaron una enfermedad autoinmune que devoraba sus riñones. Tenía 27 años y una larga ristra de sueños que había ido sembrando por Chile, donde vivía con su pareja de entonces, natural de la capital andina. Ambas malvendieron con urgencia las pertenencias que allí tenían y se instalaron en Granada, en busca del mejor tratamiento para su dolencia.

«Fue un shock muy grande; fui al hospital pensando que tenía una gripe común y ya me quedé ingresada», recuerda esta granadina, frente a la catedral de Santiago, seis años más tarde. Luce con orgullo una camiseta en la que da las gracias a su donante. «Sin él no habría podido hacer este Camino», confiesa emocionada, justo cuando acaba de concluir la última etapa de la ruta francesa.

Lo hace, precisamente, en una fecha marcada en rojo en su calendario, porque el primer miércoles de junio de cada año se conmemora en España el Día Nacional del Donante de Órganos y Tejidos. «A él le debo esta libertad, la normalidad con la que ahora puedo recorrer el mundo», indica en referencia a aquel que le cedió su riñón, y compara lo distinta que ha sido esta experiencia con su última visita al Norte, en agosto de 2023, cuando debía someterse a diálisis cinco veces por semana.

«Ni eso me frenó, aunque me limitaba mucho», reconoce. En aquella ocasión, viajó con su coche para poder llevar consigo el aparato con el que ella misma se sometía a terapia domiciliaria. La logística era complicada, pues debía enviarse las cajas con el líquido para el tratamiento —25 litros por sesión— a las distintas paradas de su camino. «En el maletero siempre llevaba lo necesario para una diálisis de emergencia, por si en algún momento se retrasaba uno de los envíos», precisa.

Cuatro años en diálisis y ocho llamadas hasta el trasplante

Antes de iniciar la terapia domiciliaria, Conchi Martín comenzó con diálisis peritoneal en octubre de 2020, cuando su riñón ya había sido devastado por la enfermedad. «Estuve un año en este proceso, hasta que se me abrió el diafragma y se me fue el líquido al pulmón», explica. Fue entonces cuando empezó la hemodiálisis en el hospital. «Enseguida pedí aprender a hacerla yo misma para poder realizarla en casa, porque eran muchas horas a la semana», asegura. Sin embargo, las condiciones derivadas de la pandemia por covid retrasaron su petición, que finalmente fue concedida en abril de 2022.

«Mi vida, de todas formas, estaba totalmente condicionada por la diálisis: eran tres horas al día cinco días a la semana; mi relación con el mundo social y laboral estaba completamente limitada»

«Mi vida, de todas formas, estaba totalmente condicionada por la diálisis: eran tres horas al día —dos de tratamiento y una de preparación— cinco días a la semana; mi relación con el mundo social y laboral estaba completamente limitada», advierte. Comenzó así el incierto proceso de espera de su trasplante. «Antes de que llegara mi día, recibí siete llamadas del hospital para que acudiera a hacerme las pruebas de compatibilidad, porque aquel podía ser mi riñón», rememora.

Su trasplante, sin embargo, no llegó hasta el octavo telefonazo, tras cuatro años en diálisis. «Yo estaba desalentada», confiesa. Cada vez que un hospital recibe un riñón, cita a tres posibles trasplantados, y solo uno de ellos acaba finalmente entrando en quirófano. «Si son dos órganos, se llama a cuatro personas, dos por cada uno», matiza Conchi. «Los médicos miran la compatibilidad de cada paciente y eligen según varios criterios: tiempo en diálisis, estado de salud, etc», explica. En su caso, tuvo que enfrentar la «desilusión» de volver a casa siete veces sin riñón, una de ellas tras dar positivo en covid a pesar de no tener ningún síntoma.

Por eso, el día de la octava llamada acudió sola al hospital. «Estaba segura de que esta vez tampoco sería y, de repente, me dijeron que en una hora y media entraría en quirófano: fue una alegría inmensa», relata, antes de señalar la calidad del trato humano que recibió durante este trance. «La anestesista me dijo: Sueña bonito y cuando te despiertes tendrás un riñón nuevo; ese acompañamiento es algo que nunca olvidaré», reconoce.

Una vida y una profesión por retomar

Un año después, mientras recorre el Camino desde Sarria a Santiago llena de gratitud, Conchi Martín piensa en cómo retomar la vida que dejó suspendida seis años atrás. «El trasplante no es una segunda vida, sino que me permite recuperar la mía», puntualiza ya en el Monte do Gozo. Desde allí observa la ciudad a la que siempre quiso llegar caminando, como desde el quirófano contempló los sueños que dejó en stand-by cuando fue diagnosticada.

Ahora, con el nuevo riñón ya a pleno rendimiento, tiene todavía por delante el reto de encauzar su proyecto vital con las condiciones que le impone su enfermedad —a día de hoy incurable— y con el tratamiento permanente que requiere su trasplante. Sin embargo, parece no asustarse con nada. Mira el mundo desde sus ganas y no hay problema al que no acabe encontrando solución. «Lo principal es que mi riñón dure mucho», subraya ante la probabilidad de que su dolencia vuelva a cebarse con él.

Recuerda entonces que, pese a que vivimos «en una nación hipersolidaria, líder en donaciones», son muchas las demandas sociales a las que el Estado debe hacer frente para que las personas trasplantadas «puedan retomar su vida de una forma efectiva, desde la igualdad de oportunidades».

«Las personas trasplantadas hemos perdido el baremo de discapacidad, cuando en realidad vamos a pasarnos el resto de nuestra vida inmunodeprimidos y con una serie de condicionantes que nos impiden una total normalidad»

Para reivindicar los derechos que aún quedan por llegar y ayudar a pacientes que se encuentran en una situación similar a la suya, Conchi Martín es hoy presidenta de la Asociación Granadina para la Lucha Contra las Enfermedades del Riñón. «Las personas trasplantadas hemos perdido el baremo de discapacidad, cuando en realidad vamos a pasarnos el resto de nuestra vida inmunodeprimidos y con una serie de condicionantes que nos impiden una total normalidad», expone.

Sabe bien de lo que habla: profesora de Educación Física con plaza en la Junta de Andalucía, su situación clínica le impide ejercer. «Los médicos me han prohibido trabajar con niños, por mi inmunosupresión, y tampoco puedo dar clases de Educación Física, ya que el tratamiento al que estoy sometida me hace muy sensible al sol: no puedo estar con los alumnos en una cancha al aire libre», indica.

Baraja ahora el traslado a una escuela de adultos para impartir clases en cualquier otra de sus especialidades, pero reflexiona: «Yo tengo la suerte de que llegué a la enfermedad con un nivel sociocultural alto: tenía dos carreras, podía opositar o buscar un trabajo de oficina, pero qué hace quien trabaja en la hostelería, en el campo o en la construcción», se pregunta, para añadir que, desde su trabajo en la asociación, busca que «el Estado no nos abandone, que nos acompañe y no nos condene a la precariedad».

Frente al Pórtico da Gloria, un hombre vende elefantes en miniatura «para ayudar a la familia». Esta peregrina rebusca en su cartera las monedas que le quedan y se las entrega. La figurita que recibe a cambio lleva sobre el lomo un howdah hindú con un bordado de corazones. Es el órgano con el que, con frecuencia, se representa a los donantes. «Así no olvidaré que este viaje fue gracias a ellos», concluye con una sonrisa, mientras pasea por la Plaza del Obradoiro la camiseta con la que llama a hacerse donante para que vidas llenas de vida como la suya puedan continuar su camino.

Fuente: elprogreso.es